Por: Dr. Rafael Martínez, Médico neurocirujano.

Para enamorarnos influyen muchos factores, la mayoría de ellos están presentes en nuestro inconsciente y probablemente buscamos algunos rasgos que se parezcan al de nuestros padres, porque es el ideal de hombre o mujer con el que crecimos. Otro factor es que buscamos a personas que tengan historias similares a la nuestra, además que tengan un nivel cultural, social, intelectual, parecido al nuestro. Nos enamoramos de lo que anhelamos ser, o bien de lo que el otro tiene y que permite reconocerlo en nosotros mismos como si fuera un espejo.

Enamorarse es un proceso neuroquímico, esto es que en esta emoción intervienen muchas sustancias conocidas como neurotransmisores y que afectará tanto física como emocionalmente a los enamorados. Tenemos como ejemplo la sensación de mariposas en el estomago, que se manifiesta por medio de una contracción del músculo liso de las paredes del mismo.

Al continuar el  fenómeno de enamoramiento se incrementa el estímulo de otros dos neurotransmisores conocidos como noradrenalina y adrenalina, los cuales desencadenan un sinfín de respuestas entre ellas están las siguientes:

-Cambios en la frecuencia cardíaca (el corazón late más rápido -130 pulsaciones por minuto).

-Aumento de la presión arterial.

-Aumento del azúcar.

-Más glóbulos rojos que mejoran el trasporte del oxigeno por el torrente sanguíneo provocando el rubor en la cara.

-Mayor temperatura corporal con sudoración.

-Torpeza en ciertos movimientos.

-Labios resecos.

-Temblor en las rodillas. Entre otros.

Al existir una atracción y enamoramiento el cerebro secreta una sustancia denominada feniletilamina, (FEA) la que a su vez activa la secreción de dopamina, sustancia relacionada con las sensaciones de deseo y placer. Esta sustancia (FEA) origina el desquiciamiento del cerebro por la inundación de dopamina y posteriormente otros sustancias que provocan alteraciones de conducta, como llorar o reír sin motivo aparente o ponerse romántico o nostálgico, etc.

Tenemos pues que la dopamina produce respuestas como: Euforia,  Aumento de energía, Hiperactividad, Insomnio, Pérdida del apetito, Temblores, Obsesión, Ansiedad o miedo, Adicción al Amor.

Esta sustancia también provoca el incremento del nivel de testosterona, que es por excelencia la hormona del deseo sexual. Al aumentar la dopamina todas las características negativas que puede tener el ser amado pasan desapercibidas. Por desgracia al paso de los años, cuando esta sustancia disminuye provocan que esas características sean evidentes y a veces intolerables.

Por otro lado tenemos la serotonina que es la sustancia de la felicidad y nos produce una inmensa alegría al estar cerca del ser amado. Cuando nos separamos, (por cualquier motivo), se produce una disminución de la serotonina lo que provoca que nos sintamos tristes, deprimidos o nostálgicos.

También están las endorfinas que son sustancias parecidas a la morfina, nos reducen el dolor y aumenta el amor por la vida. Estas se incrementan en las etapas tempranas del enamoramiento y en el orgasmo. A medida que circula en nuestro cuerpo más cantidad de endorfinas de lo habitual, las cosas insignificantes que vivimos todos los días aun las adversas las vemos con alegría.

Por último, tenemos la oxitocina y la vasopresina. La primera establece los lazos permanentes y apego entre los amantes y la segunda se relaciona con la fidelidad.

En otra palabras y hablando con un lenguaje químico lo que ocurre en el cerebro con respecto al amor (eros) podría expresarse de la siguiente manera: “Me liberas mi FEA, te amo con la fuerza de toda mi dopamina, me incrementas la serotonina que me hace el ser más feliz de toda la tierra y me aumentas mi oxitocina que hace que te extrañe a cada minuto que no estás conmigo”.

El enamorarse químicamente es como tener un espejo y amar las coincidencias. Su función primordial: capacitarnos para elegir a la pareja que done sus genes y que junto con los nuestros, permita la perpetuación de nuestra especie. Sin embargo como dije al principio el amor verdadero ya no es ver las coincidencias sino amar las diferencias. No es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar a otro, sea quien sea  sin exigir ni esperar  nada a cambio.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *